EL VENDEDOR DE SILENCIOS

Por: Héctor Gamboa

Hace aproximadamente tres años, mi amigo el notario Antonio Sáizar Guerrero, me regaló el libro de Enrique Serna, que habla de la figura de Carlos Denegri, periodista influyente en los años 50 y 60 de nuestro México: El vendedor de silencios.

Enrique Serna en la biografía de Denegri, nos permite atisbar por la rendija la sórdida relación entre el poder político y el periodismo de aquel tiempo, en el que el todavía llamado cuarto poder, tenía influencia en el devenir político de México.

El título del libro, «El vendedor de silencios», es demoledor, puesto que gran parte del éxito del periodista Denegri se basaban no en lo que publicaba, sino en lo que sabía y no publicaba, es decir comercializaba el no publicar las cosas como son.

En el periodismo las cosas no han cambiado mucho, con el agravante de que ahora ya no hay muchos periodistas profesionales, sino que a partir de la abrupta irrupción de las redes sociales, cualquiera con un teléfono smart o un teclado de computadora, tiene la misma posibilidad de llegar un público ávido de información, especialmente si se trata del disparate, la noticia sórdida o el fake.

Las redes sociales se han convertido en una competencia desleal para el periodista con estudios o formación, ya que cualquiera tiene la posibilidad de expresar su punto de vista aunque carezcan de fuentes, pruebas o evidencias, que soporten la nota.

En las redes sociales, más que hacer periodismo, los nuevos «opinadores» alegremente difaman, pervierte el sentido de las cosas, abundan en la descalificación a priori y tergiversan los hechos a la conveniencia de ellos o de quien los contrata.

Cuando alguien con conocimiento de causa publica, puede ser de muchas maneras.

Por ejemplo se publican boletines, que son bajo contrato con quien los emite, generalmente el gobierno de los tres ámbitos o instituciones.

También se comparten opiniones de otros periodistas, con cuyo contenido se puede estar de acuerdo o no, pero nada tienen que ver con el pensar del periodista, que sólo los difunde.

Igual los reportajes o las notas sobre hechos concretos, que son sólo el relato, la crónica de lo que aconteció, sin mayores objetivos o calificativos de parte del reportero o periodista.

Y las columnas de opinión, en las que el que escribe se hace responsable del contenido, guardando las consideraciones de los efectos legales que pueda causar lo escrito.

Sin embargo existen infinidad de páginas pseudo periodísticas en el mundo del internet, que publican todo tipo de cuestiones sin cuidar el menor decoro, con un desaseo total, que sólo son instrumentos de quien las maneja o paga, para golpear al adversario político, generalmente.

Sin embargo por unos perdemos todos y la profesión del periodista está subordinada a que si al lector no le parece lo que uno escribe, sea en cualquier sentido, inmediatamente te califican de ‘chayotero».

Técnicamente el chayote es un pago que se hace por hablar bien de alguien o por atacar a alguien y lo paga el que está en el poder o desde un espacio en el que puede pagar.

Los boletines que emiten las instituciones sólo son un contrato para difundir las acciones y obras de los gobiernos, que están regulado por la ley y que no es de ninguna forma, un chayote.

La opinión es otra cosa.

Ahora es muy difícil hacer equilibrios en un espacio virtual tan competido por todo tipo de alimañas y también de gente preparada, por lo que cada día es más difícil ser periodista.

A pesar de los discursos de todos los gobiernos sobre garantizar la seguridad social del gremio, con acceso a la salud, al retiro y otros moles similares, siempre todo queda en palabrería.

Ser periodista es un oficio de saltimbanquis, que saltamos sin red de protección en el trapecio de la vida, siempre viendo menoscabado nuestro trabajo.

En el gobierno federal que acaba de terminar, como nunca los periodistas fuimos vulnerables.

Los periodistas muertos, víctimas de delincuentes por el ejercicio de su profesión, son incontables.

La censura estuvo en su máximo esplendor, aunque siempre se negó desde el púlpito en que oficiaba el presidente, pero la presión a dueños de los medios fue brutal, al grado de despedir a muchos compañeros.

La persecución fiscal o de la Fiscalía General de la República, fueron instrumentos para hostigar al gremio.

Sin embargo aquí estamos, tratando de hacer lo que sabemos hacer, guardando los espacios éticos que caracterizan a quien es profesional.

Agradezco licenciado Antonio Sáizar Guerrero el haberme regalado el libro «El vendedor de silencios», didáctico y controversial.

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