Por: Héctor Gamboa
En su teoría de la relatividad, el físico Albert Einstein, expresó en lenguaje más o menos entendible, que tiempo es una especie de espejismo no medible ni cuantificable, que depende de la velocidad a la que se desplaza el observador y el campo gravitatorio al que está sometido.
Es decir, en el mundo cuántico, es borrosa la frontera entre el tiempo que avanza hacia adelante y el que avanza hacia atrás.
El resultado es que el tiempo podría simplemente no existir en la física.
En el mundo de las letras, como genialmente lo conjugó el poeta Renato Leduc, el tiempo se puede estirar, reducir o versificar sin modificar su estructura gramatical.
Y al parecer, ni existe en la política de la suave patria que describió López Velarde, con sus veneros de petróleo escriturados por el diablo y administrados por Morena.
Todo el galimatías anterior se convierte en una moraleja de la fábula que vivimos los mexicanos con el segundo piso de la 4T, que es más de lo mismo del anterior gobierno.
Es obvio que antes de hacer un primero o segundo piso, se deben crear cimientos que soporten lo que se pretende construir encima.
Pero nuestros arquitectos de la nueva República de Chairotitlán, no construyen cimientos de nada, sino que alegremente se dedican a destruir la arquitectura jurídica que soportaba la división de poderes y el estado de derecho, enarbolando la bandera del mandato del pueblo expresado por el voto de 32 millones de mexicanos.
Obviamente que los 32 millones de mexicanos no votaron por ninguna de las ocurrencias de nuestros beneméritos gobernantes, si no votaron simplemente porque continúan dándoles atolito con el dedo en forma de dádivas de bienestar.
Pero el asunto del tiempo es otra cosa.
Para nuestros gobernantes generalmente todos los males del país se deben a una figura maligna que encarna al neoliberalismo, a los conservadores y a los fifís, empeñados en explotar a los pobres para hacer más ricos a los ricos: el expresidente Calderón.
Andrés Manuel López Obrador escogió a Felipe Calderón como su némesis, como el antagonista de sus deseos de llevar en unos estadios mejores de desarrollo al pueblo bueno, a través de un regreso al pasado de los años 70, con un gobierno populista.
Pero para lograr el propósito de acusar a Calderón de ser el malo de malolandia, necesariamente dio un brinco en el tiempo e ignoró al sexenio de Enrique Peña Nieto, al que quién sabe por qué oscuras razones, los chairos no tocan ni con el pétalo de una rosa. Malo Calderón, en cambio Peña Nieto no existe.
Es un brinco cuántico en el tiempo, en el que se borran, en la frontera de lo irreconocible e inexistente, los 6 años de gobierno del Copetón.
Así, en la galería de fantasmas malévolos están los funcionarios de Calderón como García Luna y otros de la misma calaña.
En cambio los colaboradores de Peña Nieto simplemente desaparecieron como si se tratara de espejismos en el desierto.
En la complejidad de la mente laberíntica del Chairo mayor, el demonio es uno y contra él va.
Pero ahora en un irracional viaje en el tiempo, los malos de la película son los gringos que detuvieron al Mayo Zambada y en lugar de reconocer y agradecer a los gabachos haber detenido a un verdadero villano, se les acusa de propiciar la violencia que vive una parte del país, que dicen es por su culpa.
Y la violencia que hemos vivido en los últimos 18 años, los últimos seis los peores de la historia, simplemente son travesuras que se combaten con abrazos y no balazos o diciéndole a las mamás y a las abuelitas que los regañen para que se porten bien los delincuentes.
Sabia virtud de conocer el tiempo, dijo Leduc…