Un migrante hacia el sur
Primera parte
Vivió en el poblado de Copala, municipio de Concordia, Sinaloa, a 71 kilómetros del Puerto de Mazatlán rumbo a Durango; conglomerado anárquico de casas, clásico de los fundos mineros, que surgió en torno de la explotación, desde el siglo XVI, de las betas de metales preciosos de su subsuelo, principalmente de plata. A principios del siglo XX habitó ahí una de las tantas familias Lizárraga, que han existido sobre todo en la parte sur de esta Entidad Federativa, de la costa noroeste del Pacífico Mexicano. Juan en 1907 fue el penúltimo integrante de una familia de siete hijos procreados por Abundio Lizárraga y Josefa Dueñas, familia de escasos recursos, más bien pobres, sin una buena fuente de ingresos, la agricultura deficiente entre cerros y barrancas poco fértiles, donde empieza la Sierra Madre Occidental; lugares que fueron históricamente más bien bastión bandoleros fuera de la ley.
Cuando llega la empresa minera inglesa Felton’s Copala Mining Company Limited, a principios del siglo XX, encontró abundante mano de obra barata. Abundio, trabajó ahí por alrededor de veinte años, aproximadamente desde 1915, excavando en los socavones para extraer las piedras ricas en plata, en condiciones sanitarias y de trabajo sumamente precarias, sobre todo en lo que se refiere a ventilación inadecuada, exceso de humedad y a la nula protección en cuanto a la inhalación de polvos tóxicos. Las enfermedades en las vías respiratorias como tuberculosis, cáncer pulmonar, silicosis y otras, entre los mineros, era de lo más común. Abundio todavía en una edad mediana de acuerdo a nuestros estándares, queda incapacitado para trabajar muriendo al poco tiempo muy probablemente de silicosis. Varias décadas después su nieta Hilda Cáceres Lizárraga, viviendo ya en Nayarit en el poblado de Jumatán, decía: “mi abuelo Abundio murió cascado por su trabajo en las minas”, así es como se le llama en esta región de Sinaloa al daño pulmonar crónico de los mineros.
Ante esta fatal perspectiva, de los siete hijos de Abundio y Josefa cinco emigraron, tres al norte y dos al sur. Juan aficionado a la música por influencia paterna y con muchos deseos de superarse por su cuenta, tuvo toda la paciencia necesaria para esperar la llegada por correspondencia de los cursos solicitados a la Hemphill Schools, de mecánica y electricidad, practicando en cuanto vehículo se le ponía de modo en su natal Copala. Sumado al dolor de la muerte de su padre, en la década de 1930 ocurre la muerte de su primera esposa, se creía que por consecuencias de la epidemia de “peste negra” que en años anteriores había azotado fuertemente a Mazatlán.
En 1933, Juan decide definitivamente salir de Copala, consiguió empleo en el Puerto en una flotita camaronera como mecánico, hasta alrededor de 1936, cuando ve instalado cerca de los embarcaderos, al Circo “El Nacional” y confiando en sus variados conocimientos solicita empleo y lo obtiene cambiando de aires, desempeñando diferentes facetas: músico, por su dominio de la tuba, flauta y percusiones; mecánico; electricista; chofer; hasta de payaso y en la ocupación del aseo de los animales del zoológico.
En el ir y venir del circo, después de algunos años fue a parar a Santiago Ixcuintla, Nayarit, donde conoce a la que sería su segunda esposa, Natalia Hernández oriunda de La Escondida, lugar de la ex Hacienda Azucarera del mismo nombre, yéndose a vivir ahí despidiéndose de las trashumantes carpas circenses.
Cuando corría el año 1938, tal vez su primera intención haya sido encontrar algún empleo en los restos del antiguo imperio económico de los Aguirre, como la Hidroeléctrica de Tepic o la Textil de Bellavista, en cambio se encuentra con la noticia de que estaba iniciando la construcción del Proyecto Hidroeléctrico de Jumatán, llamándole poderosamente la atención, por la habilidad que ya había adquirido en sus oficios combinados de electromecánica y acude de inmediato al lugar.

